Reseña del libro «Etnicidad, identidad y barbarie en el mundo antiguo»

Reseña del libro «Etnicidad, identidad y barbarie en el mundo antiguo»

Compartimos una reseña del libro Etnicidad, identidad y barbarie en el mundo antiguo de Gonzalo Cruz Andreotti y Francisco Machuca Prieto, publicada en el número 53 de la revista HABIS, de la Universidad de Sevilla.

Reseña de Antonio Terol Pacheco

G. Cruz Andreotti y F. Machuca Prieto presentan una obra que se propone dos objetivos. Como ellos mismos resumen en la contraportada, pretenden “aportar un andamiaje conceptual y metodológico con el que abordar las identidades colectivas” y además analizar las identidades en el mundo grecorromano “desde una perspectiva que las concrete en su evolución histórica”. Podríamos decir, por tanto, que estamos ante un libro que cumple una primera función como obra introductoria o manual universitario sobre la etnicidad y las identidades antiguas. Pero a su vez, al tratarse de un tema tan de actualidad como es la identidad colectiva, los autores demuestran conocer el mundo contemporáneo y ser sensibles a los problemas de nuestro tiempo. Este libro toma partido por el antiesencialismo y se aproxima al pasado con la sensibilidad que requiere el ser consciente de que la historia, además de ser nuestro pasado, también fue la realidad y el presente de los que nos precedieron.

El lector tiene ante sí un total de seis capítulos, más un anexo que contiene una selección de textos sobre el tema, modernos y antiguos. Los dos primeros capítulos, diferentes al resto, tratan de conceptualizar, a partir de los estudios de los expertos modernos, los términos y conceptos que debemos comprender y tener claros (identidad, etnicidad, etnogénesis…). El tercer capítulo introduce estas cuestiones en el mundo antiguo de forma general, prestando atención a la metodología. A continuación, los capítulos cuarto y quinto tratan monográficamente los casos griego y romano, respectivamente. En fin, el sexto capítulo introduce la cuestión de la barbarie a través de ejemplos de pueblos y autores concretos. A lo largo de las páginas, las conclusiones, así como los ejemplos, están siempre basados y fundamentados en una multitud de fuentes textuales y arqueológicas.

Como decimos, los dos primeros capítulos pueden considerarse de forma conjunta. Pueden definirse como una introducción o un estado de la cuestión necesario que aporta la definición conceptual para contextualizar los términos del debate sobre las identidades antiguas. Pero, por el momento, no hablamos aún del mundo antiguo. Se trata de definir de manera científica y rigurosa qué significan conceptos tan complejos y (mal)usados.

La mano de F. Machuca Prieto se deja ver gracias a un posicionamiento respecto al tema de la identidad que ya está presente en sus trabajos anteriores. En efecto, para definir todos estos términos se hace un rápido repaso de un debate en el que intervinieron una multitud de autores (historiadores, filósofos, antropólogos, etc.) ya clásicos, o al menos recurrentes, y corrientes de pensamiento como P. Bourdieu, el estructuralismo de las ciencias sociales, M. Foucault, el feminismo interseccional, los estudios poscoloniales, A. D. Smith, E. Hobsbawm o, en fin, B. Anderson, entre otros. Pero no se trata únicamente de una revisión historiográfica sobre estos conceptos. Antes de terminar, se ofrecen una serie de definiciones, alejándose de las posturas más radicales sobre la cuestión. Esto no quiere decir adoptar un “término medio”, concepto quizá un poco manido que a menudo se confunde con tomar una posición equidistante, sino encontrar las síntesis más coherentes entre los postulados primordialistas e instrumentalistas (propuestas contrapuestas definidas a lo largo de estos dos primeros capítulos).

El capítulo tercero nos introduce ya de lleno en el mundo antiguo. Tras definir los conceptos, toca abordar el método, y por eso estas páginas están destinadas a responder a algunas preguntas necesarias. La primera de ellas parece evidente, ya se nos ha explicado de qué forma los autores modernos definen las identidades y la etnicidad, en la mayoría de los casos con estudios aplicados a los modernos estados-nación, pero ¿cómo se construían y cómo se percibían las identidades en el mundo antiguo? Para G. Cruz Andreotti y F. Machuca Prieto, el concepto clave aquí es el de ciudad. En torno a la ciudad se construirían las identidades en el mundo grecorromano, utilizando para ello criterios políticos (en su sentido amplio), y no criterios raciales, lingüísticos o religiosos (por supuesto, los conceptos de ciudadanía y religión están tan asociados que llegamos a hablar de religión cívica, pero unas creencias diferentes no fueron nunca per se, como sí lo son hoy para las identidades nacionales, un elemento en disputa con la identidad grecorromana). Ciudad y ciudadanía eran, por tanto, los elementos básicos para construir las identidades asociadas a lo que los griegos llamaban paideía, los romanos humanitas, y nosotros diríamos civilización. Frente a esta identidad propia se construía la identidad de los otros, esta vez en torno al concepto de barbarie.

Tras esto surgen otras preguntas igual de importantes. Los historiadores trabajamos con las fuentes, por lo tanto: ¿cuáles son las fuentes que nos permiten identificar las expresiones de la identidad y la etnicidad de los antiguos?, ¿son literarias o arqueológicas?, y, dentro de las literarias ¿a qué tradiciones o a qué géneros debemos atender?

Como no podía ser de otra forma en un libro que tiene por autor a G. Cruz Andreotti, la geografía aparece como la tradición literaria más fundamental para rastrear la etnicidad en el mundo antiguo. En efecto, para griegos y romanos (que no tenían una división de las ciencias humanas y naturales tan rígida como nosotros) geografía y etnografía iban de la mano. Es decir, que la descripción del mundo era a la vez la descripción de los lugares y de sus gentes. Por otro lado, la arqueología, si bien es cierto que multiplica los problemas de interpretación, permite que “hablen” aquellos a los que las fuentes textuales no conceden voz. Para entender mejor la relación entre arqueología y etnicidad, los autores nos proponen el ejemplo de los vetones. Aunque los étnicos de los llamados pueblos prerromanos corresponden en realidad a la situación derivada de la dominación de Roma, la arqueología demuestra que esta sociedad habría utilizado, ya antes del primer desembarco romano (218 a.C.), los celebérrimos verracos y la llamada cerámica a peine como elementos de su identidad étnica y, en el caso de los primeros, también como “mojones” limitando territorios de pasto.

Después de estos apartados que podemos denominar conceptuales y metodológicos, los capítulos cuatro y cinco se centran en la etnicidad e identidad en el mundo griego y romano. El primer caso, el de los griegos, es especialmente interesante, pues nosotros (es decir, el pensamiento contemporáneo, no necesariamente siempre fuera de la academia) tenemos de ellos una visión unitaria y homogeneizadora, que los representa como un conjunto o un único “pueblo” (o civilización), pero al mismo tiempo la enorme diversidad política es evidente, sobre todo en época clásica entre las diferentes póleis, pero también entre las monarquías del periodo denominado helenístico. Si bien no podemos negar la existencia de elementos comunes, como el idioma, los santuarios de Delfos y Olimpia, o eventos deportivos y religiosos, una verdadera sociedad panhelénica es más bien un deseo de los modernos que una aspiración real de los antiguos. Un impulso serio en este sentido no se produjo sino en momentos excepcionales, y el primero de ellos fue la guerra contra los persas aqueménidas en la primera mitad del s. V a. C. La aparición de una amenaza exterior dio lugar a dos fenómenos relacionados: por un lado, se construyó por primera vez un discurso identitario colectivo y agresivo, para lo cual se reelaboraron mitos y tradiciones; por otro lado, el concepto del bárbaro adquirió ahora nociones negativas y se relacionó con la figura del enemigo. Sin embargo, la idea de la unidad de los griegos se desarrollaba con éxito solo si las circunstancias eran propicias. En otro momento de elaboración de discursos identitarios como fue la guerra del Peloponeso (segunda mitad del s. V a. C.), la identidad de dos ciudades griegas como Atenas y Esparta se oponen radicalmente en un texto tan famoso como el discurso fúnebre que Tucídides pone en boca de Pericles.

El capítulo sobre los griegos termina con un apartado sobre el helenismo, de nuevo con perspectiva historiográfica, del que destacaremos las últimas páginas. En ellas, se analiza lo que los autores llaman un “helenismo integrado” y un “helenismo resistente”; es decir, cómo los antiguos autores fenicios o judíos reelaboraron sus tradiciones para, respectivamente, integrarlas o enfrentarlas/destacarlas frente al helenismo.

La quinta parte del libro, sobre la identidad y etnicidad en el mundo romano, abre con la siguiente pregunta: ¿cómo llegaron a convertirse en romanos los millones de almas que vivían bajo el dominio del imperio? La clave para dar respuesta a esta pregunta es entender que no existió una única y excluyente forma de ser romano, y que las distintas posibilidades no suponían necesariamente una ruptura radical con las etnicidades e identidades precedentes. Tras un primer apartado en el que se analiza el polémico y problemático término de romanización, así como algunas de las propuestas posteriores surgidas a raíz del debate (bricolage cultural, criollización; experiencias discrepantes…), se vuelve a remarcar la importancia del concepto de ciudadanía para construir la identidad romana, prestando atención ahora también a sus limitaciones y problemáticas. Entre estas últimas podemos destacar dos. Primero, el carácter restrictivo de la ciudadanía romana (hasta la Constitutio Antoniniana promulgada por Caracalla en 212 d. C.). Segundo, el hecho de que la identidad romana se vinculase en origen a una única ciudad, Roma, que fue sin embargo ampliando sus dominios primero más allá del Lacio y luego más allá de la península itálica. Respecto a esto último, los romanos encontraron una solución a través del término origo. Es Cicerón el que reconoce la posibilidad de dos identidades compatibles, de dos patriae, una natural y otra ciudadana (Ciceron, Leyes, 2.2.5).

La segunda parte del capítulo presta atención al diálogo entre identidades que se produjo a medida que avanzaba la conquista. Algunas ciudades (como los asentamientos fenicios de antiquísima fundación) exaltaron su historia local, no como símbolo de resistencia, sino para buscar prestigio en el mundo romano; mientras que algunos intelectuales romanos, como Marco Valerio Marcial, reivindicaban su origen local (en este caso celtibero) sin que eso supusiese ninguna contradicción con su identidad romana.

En fin, construir una identidad étnica o de grupo conlleva la identificación de un “otro” frente al que diferenciarse. El concepto clave que define a ese “otro” en el mundo grecorromano es el de bárbaro o barbarie, que a partir de cierto momento adquirió el carácter de una diferenciación excluyente e incluso xenófoba. A esto está dedicado el último de los capítulos. Para comprender esta cuestión, G. Cruz Andreotti y F. Machuca Prieto nos proponen algunos ejemplos paradigmáticos. Hablamos de los escitas, los persas y los egipcios. Cada uno de ellos se asoció en un momento dado a un tópico generalizador que definía a estos pueblos frente a griegos y romanos. Los escitas, en un extremo inaccesible de la ecúmene, eran el prototipo del diferente; los persas (Aqueménidas primero y después Arsácidas), desde las guerras médicas, el enemigo por excelencia; por último, los egipcios, a quienes se consideraban de una gran antigüedad, suscitaban cierta admiración entre griegos y romanos (al menos hasta el momento de la propaganda contra Marco Antonio y Cleopatra VII). Antes de concluir, se hace un repaso de algunos autores que, como Agatárquides o Posidonio, trabajaron la “etnografía” en sus descripciones de pueblos y costumbres.

Una vez finalizada la lectura, o durante la misma, el lector puede dirigirse a la selección de textos del anexo, elaborado de forma didáctica. Allí, con una breve introducción y con una serie de preguntas para reflexionar, se encontrará material para complementar y una base para ampliar algunos de los múltiples temas que se han tratado.

Vivimos unos momentos en los que las preocupaciones identitarias están a la orden del día, muchas veces expresándose a través de manifestaciones violentas y excluyentes. En nuestro país, los nacionalismos, sean estos periféricos o centralistas, llevan años copando el debate político (y público, académico e incluso jurídico) y las portadas de la prensa. Hacer un análisis crítico de las identidades es difícil cuando es la de uno mismo la que está en juego. Por eso, entender la complejidad es más fácil cuando se piensa en ejemplos ajenos, cuando las luces y sombras no cuestionan nuestra imagen autocomplaciente. Con esta propuesta de análisis de las identidades antiguas, en la que se nos invita a tomar distancia con los sujetos de estudio, G. Cruz Andreotti y F. Machuca Prieto nos hacen reflexionar sobre la verdadera naturaleza de la identidad y la etnicidad a través de un estudio crítico, contrastado con las fuentes y alejado de posturas radicales y esencialistas, demostrando una vez más que el estudio de la Antigüedad no puede estar más de actualidad.

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