Reseña del libro «Etnicidad, identidad y barbarie en el mundo antiguo»

Reseña del libro «Etnicidad, identidad y barbarie en el mundo antiguo»

Compartimos una reseña del libro Etnicidad, identidad y barbarie en el mundo antiguo de Gonzalo Cruz Andreotti y Francisco Machuca Prieto, publicada en el volumen 95 de la revista Archivo Español de Arqueología, publicada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Reseña de M.ª Cruz Cardete del Olmo

A pesar de que historiadores, sociólogos y otros estudiosos del fenómeno identitario anunciaron desde finales de la Segunda Guerra Mundial y al menos hasta finales de los años 90 el fin de las identidades como elementos de oposición política, la tozuda realidad es que el nacionalismo, la etnicidad y otras formulaciones identitarias de amplio calado político no han hecho sino crecer desde entonces. El fin del poder de las identidades en la conformación social es equiparable al anunciado fin del poder de lo religioso. En ambos casos, lejos de terminarse, ha aumentado exponencialmente con el correr del tiempo, llegando a una actualidad en la que las identidades como categoría social no solo no se han diluido, sino que han tomado una fuerza tan considerable que es difícil intentar comprender el mundo que vivimos, sea a un nivel macro o a uno micro, sin la concurrencia de las mismas. Buena prueba de ello es la ingente bibliografía sobre las variadas aristas de la identidad, bibliografía que crece sin parar y de la que forman parte destacada diversas obras editadas por especialistas reconocidos como Cifani y Stoddart (2012), Derks y Roymans (2009), Díaz Andreu et al. (2005), Gruen (2011), Hales y Hodos (2010), Insoll (2007), Malkin (2001), McInerney (2014) o Zacharia (2008). Todas ellas han ido respondiendo a cuestiones trascendentes de los estudios de identidad/etnicidad en el pasado y en el presente al tiempo que configuraban temas de estudio para el futuro.

Así pues, el libro que ahora publican Gonzalo Cruz Andreotti y Francisco Machuca Prieto en la editorial Síntesis viene a cubrir una muy necesaria parcela de explicación y análisis respecto al fenómeno identitario, que se comprende mucho mejor si se retrotrae al pasado. Desde dos de nuestros referentes culturales, Grecia y Roma, podemos acercarnos con más y mejores herramientas de análisis a las identidades contemporáneas, en una aproximación biunívoca, y por ello mismo muy enriquecedora, de interrelación entre pasado y presente, pues si bien es cierto que las metodologías de análisis de lo identitario se desarrollaron a partir del siglo XIX y el interés por las identidades en el mundo antiguo no se extendió realmente entre los historiadores hasta los años 90 del siglo pasado, no lo es menos que, como fenómeno transversal que es, la construcción de las identidades es un hecho palpable en las sociedades antiguas y muchas de las decisiones que ellas tomaron siguen hoy en día influyendo activamente en nuestras formas de entender el mundo y a nosotros mismos, es decir, en nuestras propias identidades y las maneras en las que las conceptualizamos y enmascaramos..

Este libro combina perfectamente el serio trabajo de investigación y análisis propio de dos investigadores de gran prestigio y especializados en el campo que abordan con la capacidad divulgativa de ambos. Es una obra, pues, que puede leerse tanto en clave de investigación por parte de historiadores profesionales como en clave de conocimiento asequible por parte de personas interesadas en la Historia Antigua y la construcción de la identidad a lo largo del tiempo, a lo que contribuye sin duda su prosa directa y muy bien construida y la magnífica Selección de textos (pp. 233-270) que se ofrecen al lector con un preciso y escueto contexto histórico y una serie de preguntas más que pertinentes que no pueden sino llevar a la reflexión personal del lector. Además, la bibliografía, concisa y certera en la edición escrita y mucho más profusa en la online, refleja bien los años de especialización en cuestiones identitarias de ambos autores al abarcar no solo los estudios históricos más importantes al respecto, sino también una amplia variedad de aproximaciones sociológicas, antropológicas, políticas o psicológicas al fenómeno que resultan imprescindibles para analizarlo en profundidad.

La estructura del libro es sencilla: un preámbulo, seis capítulos (dos de ellos generales sobre la construcción de la identidad; otro sobre la identidad en el mundo antiguo, uno centrado en Grecia, otro en Roma y otro más en los considerados “bárbaros” por griegos y romanos), un epílogo y las ya mencionadas selección de textos y bibliografía seleccionada en la edición en papel y ampliada en la página web de la editorial.

El preámbulo y los dos primeros capítulos (“La identidad sous rature” y “Etnicidad y etnogénesis”) nos acercan a las formas en las que se han construido los discursos identitarios y las metodologías y formas de analizarlos tanto en el presente como en el pasado, sujeto de reflexión clásico de los estudios sobre identidad (Brubaker, 2004; Cruz Andreotti, 2019; Hall, 1997, pp. 17-33; Siapkas, 2003 y 2014). Son esenciales para comprender no solo la postura de los autores, que ya desde el mismo preámbulo se declara antiesencialista y constructivista, sino también la importancia radical que cobran las formas de aproximación a la identidad en la conformación de las diferentes sociedades pasadas y presentes. Como antes se indicaba, la identidad es un elemento transversal que se encuentra en todas las culturas humanas, pero que adopta formas increíblemente diversas no solo entre culturas distintas, sino también en los diferentes momentos por los que atraviesa una sociedad concreta. Ello la hace profundamente maleable y facilita su manipulación e instrumentalización interesada, lo cual dificulta su análisis riguroso y científico, pero también espolea a ello. Por eso son tan importantes obras que, como esta, contribuyen a su comprensión tanto para los estudiosos especializados en el tema como para el público interesado.

Como fenómeno profundamente histórico y contextual que es, la construcción contingente de las identidades es una evidencia prácticamente incuestionable desde la aproximación científica (sea esta histórica, antropológica, sociológica, psicológica…), pero desgraciadamente muy cuestionada desde el debate político, la construcción discursiva interesada o diversos modos de fundamentalismo, que tienden a defender, con gran pasión además, que la identidad es algo dado, natural, consustancial a la persona y a los pueblos, que no puede cambiarse sino asumirse.

Esa es la base de los nacionalismos modernos, la identidad como revelación y no como construcción (Anderson, 1991; Eriksen, 1993; Grosby, 2005; Kohl y Fawcett, 1995; Smith, 2000 y 2009). Así mismo, es también el punto de partida de los autores, que niegan, con rigor académico y científico, el esencialismo decimonónico que ha resucitado por doquier desde finales del siglo XX. El recorrido que realizan desde ese esencialismo propio de los estudiosos del XIX hasta llegar al hipercriticismo postcolonial, pasando por el primordialismo, el instrumentalismo, el constructivismo, etc., así como las consecuencias de la aplicación de unas tendencias u otras al estudio del pasado revelan con meridiana claridad la importancia de conocer las metodologías de análisis para comprender realmente el resultado de las investigaciones sobre el mundo antiguo. Mucho más allá de las fuentes que conservamos del mismo, los métodos y tendencias de análisis con las que las estudiamos configuran conclusiones muy distintas que el lector no especializado muchas veces no es capaz de atribuir a las tendencias de los historiadores, pero que claramente dependen de ellas, y que en esta obra se ponen de relieve.

Fieles a esta importante parte teórica del estudio de la identidad los autores no rehúyen la definición de los términos básicos del estudio (que puede encontrarse en las pp. 44-49), lo cual es un punto a su favor puesto que, aunque pueda parecer paradójico, es difícil encontrar especialistas en asuntos identitarios y/o étnicos que definan claramente lo que para ellos son conceptos básicos como grupo étnico, etnicidad, identidad étnica o etnogénesis, tal y como la propia Sian Jones ya indicaba en su estudio clásico sobre la etnicidad (Jones, 1997).

El tercer capítulo (“Etnicidad, identidad y mundo antiguo”) se centra en las cuestiones principales que hay que abordar para analizar las identidades étnicas en el mundo grecorromano. A pesar de que en capítulos posteriores queda claro que las tradiciones griegas y las romanas son bien distintas, aunque se interrelacionen y que, por tanto, el término grecorromano no deja de ser poco específico, los autores parecen emplearlo como una categoría abierta y de tipo didáctico que permite situarse al lector para, posteriormente, ser matizada gracias al análisis sectorial. Dentro de la línea clara y pedagógica del libro este capítulo se estructura en tres partes, siendo la primera la problemática básica de las fuentes con las que contamos para estudiar la identidad en el mundo antiguo (principalmente literarias y arqueológicas); la segunda, por su parte, se dedica a las disciplinas desde las que realizar el análisis, de las que los autores se van a centrar en dos: la geografía antigua (cuyo origen está íntimamente unido con el de la identidad de los pueblos y del que los autores presentan un estupendo resumen de origen y situación) y la arqueología (que permite ir más allá de las fuentes literarias para adentrarse en la compleja tarea de analizar la identidad de quienes no dejaron textos escritos o no se ven reflejados en ellos, sea por cuestiones sociales, políticas, culturales, económicas o ideológicas). Podría echarse de menos en esta selección a la antropología, que tan indisolublemente unida está al análisis de la identidad, pero lo cierto es que en el mundo antiguo la geografía y la antropología estaban muy unidas y los especialistas en geografía antigua tienen un bagaje antropológico inherente, con lo cual el discurso geográfico de este libro es también antropológico. Y, por último, la tercera parte implica una reflexión muy interesante sobre el estudio en el que desembocan las aproximaciones anteriores, el de las identidades étnico-culturales antiguas y su innegable diversidad, que sitúa al lector en el punto preciso para pasar a los capítulos cuarto y quinto, centrados en la identidad griega y la romana respectivamente.

El capítulo cuarto (“Etnicidad e identidad en el mundo griego”) analiza con detenimiento la construcción y desarrollo de los procesos identitarios (y específicamente étnicos) en la Antigua Grecia. Sigue una línea cronológica de cambio y adecuación contextual de la identidad que va del mundo arcaico al helenístico (la diferencia en los procesos identitarios que marcan las Guerras Médicas en primer lugar y el desarrollo del helenismo en segundo son difíciles de obviar y desde luego los autores no lo hacen), sin olvidar la enorme variabilidad políada y regional que da sentido al mundo griego. Combinar estos tres elementos, el espacial, el temporal y el político-cultural, es imprescindible para conseguir ordenar el sinfín de matices que jalonan los procesos de construcción de las identidades griegas. Además, los autores aportan dos elementos originales en cuanto a que no suelen ser tratados en relación tan directa con las identidades griegas como son el caso fenicio (que se categoriza como un helenismo integrado) y el caso judío (denominado como helenismo resistente). Ambos ofrecen un contrapunto muy bien medido a los discursos tradicionales sobre lo griego y su expansión por el Mediterráneo y ayudan a configurar la visión multiétnica, socialmente tensionada y marcadamente política del helenismo que desarrollan los autores y que tiene notorios precedentes (Antonaccio, 2010; Hall, 1997 y 2007; Malkin, 2001; McInerney, 2014; Siapkas, 2003 y 2014).

El capítulo quinto replica el título del anterior, pero centrándose en la Antigua Roma (“Etnicidad e identidad en el mundo romano”). Los autores parten de un principio ya enunciado en el capítulo tercero según el cual son las realidades “globales” (en este caso, el Imperio Romano) las que fomentan el surgimiento de las identidades locales (como ocurre también con el helenismo), de modo que la “tolerancia” para con la diversidad local, característica del Imperio romano (pero también de otras estructuras imperiales antiguas como las monarquías helenísticas o el Imperio persa), no es sino una estrategia de sometimiento promovida conscientemente por las elites dirigentes romanas, puesto que con ella se evitaba la solidaridad entre comunidades conquistadas, se promocionaba a la elite local y se contribuía a mantener de una forma aparentemente inocua un statu quo que beneficiaba especialmente a las clases privilegiadas, tanto tradicionales como provinciales. Es por ello muy importante estudiar no solo lo que significa ser romano sino cómo llegar a convertirse en romano o las diversas formas de ser romano (especialmente la ciudadanía, pero también la humanitas), todos ellos aspectos tratados por los autores y muy presentes en la bibliografía actual (Mattingly, 2004; Revell, 2005; Spencer, 2010; Woolf, 1998).

Este reforzamiento de la identidad ajena como forma de apuntalar la propia y obtener con ella más poder es sin duda una estrategia maquiavélica (en el sentido estricto de la palabra, no en el moral), que se ha demostrado muy útil no solo en la Antigüedad, sino también en nuestro moderno mundo globalizado. Los autores parecen preguntarse hasta qué punto las teorías postcoloniales pueden ser no solo una forma útil de cuestionar la primacía de la romanización como concepto idealizado de homogeneización sino también el negativo extremo de este concepto y, por ello, un modo de atomizar tanto la realidad que sea difícil entenderla socialmente en su conjunto y, por tanto, cuestionarla de forma efectiva. A pesar de que personalmente aprecio mucho y comparto en gran parte las aportaciones del postcolonialismo a los estudios históricos, el cuestionamiento de algunos de sus elementos por parte de los autores (que se hace también desde el respeto intelectual y la asunción de otros, no desde la confrontación) es interesante como ejercicio de reflexión histórica, tanto desde el punto de vista conceptual como desde el de la ética profesional, sean cuales sean las conclusiones a las llegue cada cual, demostrando una vez más la importancia de la teoría a la hora de construir la Historia y lo vivo de los debates actuales alrededor del postcolonialismo y la globalización aplicados a la Antigüedad (Hodos, 2017; Laurence y Trifilo, 2015; Lyon y Rizvi, 2010; Mattingly, 1997; Rosillo-López, 2017; Stein, 2005; Van Dommelen, 2011; Van Dommelen y Knapp, 2010).

El sexto y último capítulo (“La barbarie más allá de las fronteras hacia una taxonomía de la barbarie”) se centra en el Otro, en el Bárbaro, tan múltiple en su formulación como categórico es el singular que se usa para definirle y estigmatizarle. El Bárbaro es mucho más terrible que los bárbaros, ya que en estos se encuentra la diversidad que permite la empatía y la conexión, mientras que en aquel solo hay distancia, desapego y fronteras infranqueables. Cruz Andreotti y Machuca exploran la diversidad dentro del concepto de Bárbaro y Barbarie, abarcando por una parte pueblos especialmente estigmatizados en la Antigüedad, tanto por griegos como por romanos, como los persas (el Otro griego por excelencia, el enemigo a batir) los escitas (el extraño, el diferente, el no comprendido) o los egipcios (el Bárbaro admirado) y, por otra, a aquellos que, a través de la ciencia (concretamente la etnografía, representada para los autores por Agatárcides y Posidonio) consiguieron delinear y/o apuntalar las características que juzgaron más reconocibles (y temibles) de estos y otros pueblos. Al hacerlo se imbrican con los crecientes estudios sobre bárbaros y barbarie que se publican en la actualidad desde un punto de vista integrador, en el que el calificado como bárbaro no se queda en la periferia del estudio, sino que se convierte en el centro del mismo, dejando de ser un reflejo distorsionado para convertirse en el foco principal del análisis (Cruz Andreotti, 2019; García Sánchez, 2009; Gómez Espelosín, 2019; Irwin, 2021; Marco Simón, Pina Polo y Remesal Rodríguez, 2019; Zournatzi y Darbandi, 2008).

Estamos, pues, ante una obra científicamente valiente en cuanto que es reflexiva, crítica y muy clara en sus planteamientos y conclusiones, sin ambigüedades intelectuales ni ideológicas, lo que es especialmente de agradecer centrándose en una temática tan actual y por ello controvertida como es la de la construcción de la identidad. Su doble funcionalidad científica y pedagógica es muy valiosa en un panorama como el español en el que ambas realidades no suelen darse la mano, y menos con un tema tan complejo y matizable como este. Además, está editada con cuidado y acierto por la editorial. Todo ello convierte, por tanto, a este libro en una excelente contribución histórica que merece ser leída con sosiego.

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